El frigorífico cabrón

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Buenas.

Llega un momento en la vida de toda persona independizada, en la que se da cuenta de que, al fondo de una de las baldas del frigo, hay un vegetal que lleva una cantidad de tiempo suficiente como para que el resto de los alimentos le llamen «El Anciano». Y este alimento podría compartir toda su sabiduría si no fuera porque lleva podrido Dios sabrá cuanto tiempo. Y no sólo eso, sino que está sobre un charquito de fluidos y líquidos asquerosos.

Así que toca limpiarlo. No todo va a ser glamour en esta vida.

Y aquí es cuando empieza el circo, porque en el momento en que empiezas a maniobrar, estás sacando las cosas y limpiando, la puñetera puerta del federico se te cierra encima, y tú le das un empujoncito para apartarla, y ella que se te cierra encima otra vez. Y así estás, empujándola constantemente y ella volviendo a golpearte sin piedad.

Hasta que acabas hasta lo huevos y le pegas tal empujón que el cartón de leche se va al carajo y te deja el piso perdido, el bote de mostaza ha rodado hasta meterse debajo de otro armario, el típico medio limón que todo el mundo tiene es escapa a hacer vida y notas que faltan otras cuantas cosas más que ya no recuerdas que eran, pero piensas que cuando las eches de menos lo sabrás. Y si no las echas de menos, es que no eran importantes. Bastante tienes con limpiar la leche.

Sigues con el interior del fricoco, llenándolo y todo lo necesario, con la puerta de las narices cerrándosete todo el maldito rato, y tú empujándola, esta vez con más cuidado porque no quieres volver a liarla.

Esta no es una lucha justa para nada, piensas; si la puerta acaba por hacerte volcar, el frigo no va venir a recogerte del suelo y limpiar la sangre como tú has hecho con la leche antes.

Cuando por fin acabas la faena y ya ni recuerdas a qué habías venido en primer lugar, te largas de allí.

Al cabo de un par de horas vuelves tras recordar el motivo original de todo ese follón. Y ahí descubres algo que muestra el cachondeo que se trae contigo. De la misma manera que antes la puerta no hacía más que cerrarse sola sobre ti, cuando te fuiste, la muy bastarda se quedó abierta.

Esto os ha pasado alguna vez, ¿no?

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