“Dieta” y “vida social” son antónimos

 

Buenas.

Con motivo de estas fiestas de cebamiento compulsivo y sin filtro, voy a escribir esta entrada. Y con el batín porque casca un frío que no veas.

No sé vosotros, pero en mi experiencia, las dietas y tener vida social no van de la mano. Es más, sólo hay sitio para uno de los dos a este lado del Mississippi.

Por lo que sea Dios me inculcó el hedonismo. Me gusta disfrutar de las cosas y por supuesto la comida es una de ellas. No es que sea un zampabollos, porque lo que es cantidad, como menos que muchas personas que conozco, pero para mí comer es un placer (y tengo una amiga que creo que tiene conexiones nerviosas entre las papilas gustativas y el clítoris, pero eso es otra historia).

Durante mi vida he probado diversas dietas y sistemáticamente todas han caído. Pero han caído al enfrentarse a su kriptonita natural: la vida.

Cuando vives solo (o pisos compartidos, da igual, la cuestión es que vas a la tuya), es fácil seguirla; vas al Superet, compras las comidas permitidas, ignoras las tabú y es lo que tienes en el frigo. Quieras o no es lo que vas a comer porque no hay otra cosa. Todo comida aprobada por el señor que diseñó esa dieta.

La vida es maravillosa hasta aquí. Dediquemos unos minutos a hacer la “danza de la alegría”.

Hasta que te llama un amigo y te dice:

– ¿Una pinta?

– No tío, estoy a dieta. No puedo beber alcohol – le respondes.

Y ya está, y te quedas en casa como un monje.

O sales y te pides un té o un trinaranjus y la camarera te suelta un “¿sorry?” que realmente significa “¿estás tonto o qué te pasa?”

Puede ser que estés por ahí con los amigos y alguien propone ir a cenar. Y claro, en estos casos la gente normal va a lugares anti-recomendados por dietistas; como restaurantes chinos, bufetes y cosas así (y conste que ni siquiera estoy mencionando si la gente con la que vas es de los de fast-shit tipo Burriquín, Macmuerte y tal, porque ya olvídate).

Supongamos que por no romper el rollo, o simplemente por sociabilizar les sigues la marcha y sales. ¿Qué vas a hacer ahora enfrentado al mundo real de la gente que no hace dieta? ¿Vas a soltar algo así?:

– Yo es que estoy a dieta y no puedo comer nada de eso.

A ver, puedes hacerlo, claro, mareando a todo cristo, que al principio es posible que el personal se una a la causa y acceda a ir a un lugar donde comer de dieta. Pero al cabo de varias veces empezarán a estar un poco hasta el nabo.

Mientras he estado cocinando y comido en casa, todo ha ido bien. Pero ha sido poner un pie en la calle, y todo se va al garete. Puedes optar por ir donde dicen y pillarte la típica ensaladita, porque es lo único medianamente de dieta que vas a encontrar en el menú. Pero afróntalo, es una tortura psicológica ver a todo el mundo comer cosas que te llaman por tu nombre, rodeado de aromas irresistibles. Estas vendido o vendida.

Probablemente superes la prueba de fuego una vez. Dos. Pero a la tercera… las cosas van cambiando.

Porque ¿realmente compensa sacrificar algo que para mí es un placer como es el paladar, y el disfrutar del rato haciendo lo que te place sin esa sensación de romper normas dietéticas?

Quiero decir; no soy celíaco, ni tengo alergia a nada, ni me han extirpado el estómago por alguna movida, ni pertenezco a ningún credo que me limite lo que puedo comer, así que tengo el privilegio de poder disfrutar de todo tipo de comida. ¿Por qué  tengo que sacrificar algo que me gusta sin motivo alguno?  Supongo que cada uno tiene sus preferencias. Los que en la balanza prefieran sentirse a gusto con su imagen por encima del disfrute de los sentidos preferirán sin duda la dieta y se sentirán de maravilla, y lo respeto aunque no comparto. Pero en mi balanza personal entre la vanidad y el hedonismo, la tendencia está clara.

Y total, ¿para qué? ¿Por perder un par de quilos? Vale. Pero si los pierdo ¿toda mi vida va a ser el doble de mejor? ¿Me van a pagar el doble en mi curro? ¿Voy a follar el doble? ¿Me voy a levantar todas las mañanas de la cama dando saltos mortales de la alegría? ¿Eliminarán el fútbol por siempre jamás? ¿Resucitarán Tip y Coll? ¿Va el beneficio a superar el sacrificio?

Va a ser que no.

 

¿Qué a veces como cosas que no debería pero lo hago por costumbre? Pues sí. ¿Qué debería controlar esos actos compulsivos? También. Pero para eso no hace falta una dieta, solo dejar de comer de forma compulsiva, que es algo completamente distinto.

¿Por qué limitar mi libertad de esa manera tan absurda? A ver, si realmente necesitara una dieta porque peso cien quilos de más, pues vale, pero como no es el caso pues paso.

Los arquetipos de belleza impuestos por la sociedad pueden irse al carajo. Porque sí, si alguna mujer me está leyendo, los cánones de belleza masculinos existen y estamos tan ligados a ellos como vosotras a los vuestros, solo que no están tan explotados por los medios, pero no es el tema de esta entrada. Algún día hablare de ello.

Y ya para terminar, un pensamiento de filosofía de azucarillo:

Mucha gente se pega festivales locos bajo el lema “ya dormiré cuando muera”, pero poca gente se pega comilonas bajo el lema “ya adelgazaré cuando muera”.

Eso es todo.

Gracias por su atención y permanezcan en sintonía.

hedonismo

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